23 de julio de 2014

Chamanismo y arqueoastronomía. Arte rupestre del Choapa, Chile

Pancho Taucán (etnomusicólogo) en área rupestre antes de la ceremonia (Illapel)
Cientos de misteriosos diseños grabados en las rocas de un vasto territorio en la región semiárida de Chile, constituyen un enorme campo de estudio sobre los símbolos rupestres y su relación con el chamanismo y los fenómenos astronómicos. ¿Por qué son los mismos que aparecen en tantos otros puntos del planeta? ¿Qué relación tienen con los astros, estrellas, solsticios y equinoccios? ¿Fueron los chamanes que los plasmaron bajo estados alterados de conciencia? Estas preguntas me parecían intrigantes, e intenté responderlas acercándome a ese gran libro simbólico que es el vasto valle rupestre del Choapa. Desde el avión lo primero que llama la atención llegando a Chile es la espectacular vista de unos escarpados Andes, imponentes en comparación con las suaves ondulaciones pirenaicas de nuestra piel de toro. Pero aún me quedaba mucho camino por recorrer, hasta llegar al sitio donde la inconmensurable belleza de los paisajes choapinos me esperaba, para estudiar por mí misma lo que había leído en los libros: la relación de arte rupestre, con fenómenos astronómicos y chamanismo. En el recorrido desde Santiago de Chile al Choapa, mis ojos permanecieron pegados al cristal de la ventanilla del autocar mientras recorría kilómetros de costa agreste, de enormes dunas de arena blanca en transformación constante a merced del viento. Es zona de conchales, grandes montículos de conchas marinas, despojo del alimento de antiguos cazadores recolectores, e imaginé lo difícil que sería establecer una cronología en un lugar así, donde la estratigrafía se deshace a cada movimiento de esa naturaleza indómita. Texto y fotos: Alex Guerra Terra
Integrantes de la comunidad agrícola del área de El Coligüe (Choapa)
Mágico paisaje choapino. No es fácil llegar hasta ese lugar y es recomendable contar con alguien que os guíe. Pero bien vale el esfuerzo. Un arqueoastrónomo consagrado al estudio del sitio, y con quien aprendería grandes secretos del Choapa y sus petroglifos, me transportó desde la carretera donde me había dejado el autocar, hasta el área rupestre, por un estrecho y tortuoso sendero de tierra excavado en las laderas de un cerro, que por tramos posee apenas el ancho suficiente para dejar pasar al todoterreno, desde el que aprehensiva procuraba no mirar hacia el precipicio. Pero pronto, una magnífica visión de hermosos y enormes cactus, arbustos, cabras, burros y caballos salvajes, y en el horizonte los picos andinos nevados, apaciguó mi temor a mirar hacia fuera. Lo que vi en nada se parecía a lo que había imaginado. La naturaleza ruda, despojada de artificios, se extendía inabarcable ante mis ojos perplejos que se perdían más allá de mis expectativas. Sorprendente en su simpleza y su grandeza, la tierra seca está salpicada de grandes rocas, donde la mano del hombre poco o nada había participado, a excepción del objeto de mi viaje: los petroglifos en sus superficies. Detrás, los omnipresentes Andes lucían orgullosos sus cumbres aún nevadas.
Paisaje precordillerano de la zona choapina (El Coligüe)
Enigmáticos petroglifos. Experimenté una enorme sorpresa al ver las rocas y sus signos grabados. Sobre soportes de granito o andesita, motivos abstractos y figurativos se mezclaban con otros zoomorfos y antropomorfos: espirales, cruces, escaleras, ángulos, círculos, semicírculos, líneas serpenteantes y zigzags. Los mismos signos, los que esperaba encontrar. ¿Por qué aparecen allí, los mismos signos que en otros puntos geográficos (que había visto) y temporales tan distantes? Estudios recientes demuestran que desde hace 30.000 años, y hasta hace unos 10.000, en el continente europeo, y antes y después en otros continentes, aparecen estos símbolos, repitiéndose una y otra vez. ¿Por qué? Podrían haber tenido un origen común y formado parte de un código de comunicación o transmisión de ideas, difundiéndose a través de contactos. Aunque esta hipótesis sería un desafío a la ortodoxia, que no acepta estos contactos tan atrás en el tiempo. O podría ser el resultado de algo mucho más sencillo y lógico: una estructura cerebral cognitiva universal.
Petroglifo en área de El Coligüe (Choapa)
Lugareños tomando notas sobre un petroglifo en El Coligüe (Choapa)
Ritos chamánicos. En la antigüedad las expresiones rupestres eran normalmente producidas por chamanes, que actuaban en el seno de rituales mágico-religiosos, bajo el efecto de plantas alucinógenas, con las que conseguían estados alterados de conciencia (EAC). Estos estados, suelen generar imágenes mentales similares a lo largo del tiempo y el espacio, lo que podría ser el resultado de una estructura cerebral cognitiva universal. La percepción e interpretación de la información sensorial, similar en diferentes contextos espaciales y temporales, podría generarse debido a estos EAC. Hasta aquí la teoría. Pero yo no había viajado hasta allí para que me lo contaran, pues ya lo había leído en los libros. Lo que quería, era verlo. Así, una noche fuimos con mi amigo arqueoastrónomo a ver los petroglifos con un etnomusicólogo muy conocido en la zona, y amigo suyo. Me había comentado el primero, que durante ciertos ritos, su amigo era capaz de “ver” otros espacios geográficos y temporales, viviendo una especie de “viaje astral”. Para demostrármelo, nos sumergimos en una de estas ceremonias nocturnas. El ambiente era sobrecogedor. De repente, en medio del silencio, irrumpió en los cielos un cóndor solitario de gran envergadura, que como imponiendo su presencia y poderío en ese territorio que consideraba suyo, fijó un enorme círculo por encima de nuestras cabezas planeando majestuosamente durante interminables minutos, envuelto seguramente en alguna corriente de aire cálido que aprovechó con exquisita soltura. Después de algunas docenas de vueltas, el sereno guardián se perdió en el horizonte (iluminado por la luna llena) tan rápido como había llegado, dejándonos a todos con la boca abierta ante tal demostración de potencia. Un enorme macho. O así al menos nos comentó chamán, quien según dijo, fue a través de él que “vio” más allá de donde estaban nuestros cuerpos.
Petroglifo emblemático de Mincha (Choapa)
Alex Guerra explicando un petroglifo en El Coligüe (Choapa)
El gran “kuntur” inka. Todos nos quedamos inmersos en nuestros pensamientos por algunos minutos. La magia del momento dejada por el paso del imponente pájaro, invitaba a la reflexión. Ya quedan pocos, de esos cóndores. Antiguamente volaban de a bandadas de varias decenas, un verdadero espectáculo. Ahora ver uno en solitario ya es una rareza. Y esa rareza, había ocurrido en ese instante. Mis amigos me contaron, en un susurro apenas audible, que probablemente estaba vigilando el territorio marcado por los ancestros. Si nos remontamos un poco atrás en el tiempo, podemos ver la importancia que esta increíble ave tenía para los pueblos antiguos. Los incas lo llamaban kuntur. Cuentan las leyendas que lo creían inmortal. Pero en aquella época sobrevolaba todo el continente americano, desde el Atlántico al Pacífico, en enormes cantidades. Sin embargo, desde hace unos 170 años, fueron confinados sólo al Pacífico. Y de aquí a poco, al paso que vamos, se hablará de una gran ave que solía habitar la cordillera de los Andes... Después del episodio del cóndor me sentía algo extasiada por la magia del momento, y distraídamente me puse a observar el entorno cercano. Sin duda existía en aquellas épocas, cuando se grababa en las rocas, una relación muy estrecha entre el hombre y su entorno. No me había percatado antes, pero en la roca a mi lado, aparecían trazados unos diseños que… ¡eran aves! Como la que había pasado hacía un momento… No lo podía creer. El arqueoastrónomo me explicó que ellos les decían “águilas”, pero admitió que eran representaciones muy esquemáticas, y que perfectamente podrían ser cóndores…
Paisaje precordillerano de la zona choapina (El Coligüe)
Lugareños analizando un petroglifo en El Coligüe
Un antiguo lenguaje. En mis horas libres pasaba dibujando y fotografiando los magníficos petroglifos que los lugareños comprendían e interpretaban a su manera, ofreciendo nuevas explicaciones para viejos problemas. Quedé fascinada con las historias cargadas de misticismo y magia que allí escuché, y a pesar de que el rigor científico domina mi trabajo, las narraciones de misterios y enigmas a las que aquella gente era tan dada, me transportaron a hacerme preguntas antes no cuestionadas. ¿Simplemente querían dejar sus creencias y pensamientos para la posteridad? ¿Imitaban la naturaleza en sus formas y diseños, como expresión artística? ¿Expresaban sus anhelos y sus miedos como una necesidad? Las respuestas pueden ser infinitamente variadas, pero opino que en ningún caso  la intencionalidad era inocente. No era arte por el arte. Arte como medio de expresión de anhelos, miedos, creencias y pensamientos, sí. Creo que la lógica se manejaba en el ámbito de las relaciones con el entorno y con el mundo mágico-religioso. Parte de rituales chamánicos, pero también demarcadores del territorio e indicadores astronómicos, en los que poco a poco, algunos signos se fueron estandarizando, y que con el tiempo se convirtieron en pictogramas e ideogramas, con un significado establecido. Símbolos que no serán otra cosa que los antecesores de la escritura, el paso previo a una forma más sofisticada de comunicación.
Integrantes de la comunidad agrícola del área de El Coligüe (El Choapa)
Petroglifo de El Coligüe (Choapa)
Astronomía en las rocas. La arqueoastronomía es una disciplina que siempre se ha relacionado con las pirámides de Egipto, México o Guatemala, que claramente poseen una función muy vinculada con los astros y las estrellas. Los mayas, aztecas o egipcios, eran excelentes astrónomos. Pero la idea de que un elemento como el arte rupestre tuviera algún tipo de vínculo con este tema,  no gozaba de mucha credibilidad hasta hace pocos años, ya que siempre estuvo estigmatizado por el halo de lo místico, lo sobrenatural, lo esotérico... algo mal visto por los arqueólogos. Pero en los últimos tiempos, investigadores de rigor científico y reconocida trayectoria, pudieron demostrar que esta relación existe en algunos casos, como por ejemplo, en los del Choapa. ¿Poseían los autores de este arte conocimientos de astronomía? ¿Disponían de algún método para saber en qué época del año se hallaban? ¿Existen antiguos observatorios? La respuesta a todas estas  preguntas es un rotundo sí. Y yo me encontraba con el mejor arqueoatrónomo del área. Le pedí que me mostrara algún fenómeno, le dije que deseaba comprobar por mí misma esa supuesta relación del arte rupestre con el cosmos. Sin mayores aspavientos, comenzamos a caminar, nos paramos en una roca grabada, y en el fondo del paisaje se divisaban dos cumbres idénticas a las diseñadas en su superficie, entre las que asomaba un círculo rodeado de rayos, que evidentemente se trataba de una representación solar. Me explicó que él había estado allí durante un solsticio, y que el sol salía exactamente entre esas dos cumbres. ¿Quieres verlo?, me preguntó. Yo ni cuenta me había dado, pero era 20 de diciembre… al día siguiente ¡ocurría el solsticio de verano!
Uno de los senderos rupestre de El Coligüe (Choapa) con la cordillera nevada detrás
Petroglifo de El Coligüe (Choapa)
Un solsticio al atardecer. A la espera de la puesta y la salida del sol, el 21 y 22 de diciembre, pasé la noche al pie de las rocas que mi amigo me había indicado como antiguos marcadores astronómicos. La luz aterciopelada del atardecer lamía las superficies de lado, iluminando las protuberancias y dejando a oscuras los surcos de los diseños en bajorrelieve que se revelaban en las rocas del valle. La luz confería al sitio un aire encantado que hubiera deseado disfrutar por más tiempo. Me habían indicado dos rocas, con diseños que representaban cinco águilas, quizá cóndores, un jaguar y tres figuras antropomorfas estilizadas con grandes tocados cefálicos extremadamente elaborados. Las dos rocas descansaban juntas una con otra, y acababan en punta dándole el aspecto de dos picos montañosos, muy parecidos a los que se levantaban en el paisaje. Esperaba impaciente, frente a las dos rocas, de cara al sol que estaba llegando a la línea del horizonte, con la cámara fotográfica lista. Sabía que el astro rey bajaría lentamente antes de desaparecer en el horizonte, pero que el momento culminante era apenas un soplo magnífico, aunque breve. A las ocho y cuarto de la tarde comenzó a descender rápidamente, e inspiré hondo para controlar la tensión que me provocaba saber que en un segundo de distracción podía escapárseme el momento cúspide. Muy a lo lejos me pareció oír insistentes lamentos de pututus (trompetas de caracolas) que parecían seguir el ritmo universal de la caída del sol. Qué cosas raras ocurren en estos sitios… El cielo se tiñó de rojos, naranjas y ocres cada vez más intensos y una nube gris avanzó hacia el sol, elevada por un súbito viento andino, pero el astro se escapó y se adentró con exactitud matemática en la roca, dejando a las águilas desplegar sus alas hacia las sombras, ante el rugido del jaguar que en la noche acechaba a los tres chamanes grabados en la roca, aunque tal vez conteniendo el espíritu de algunos de los que antiguamente, en trance, oficiaban la ceremonia. El solsticio se había confirmado, porque lo decía el calendario, y porque ya hacía miles de años, los antiguos sabían que el sol se escondía exactamente detrás de aquella roca, una vez al año.
Paisaje precordillerano de la zona choapina (El Coligüe)
Piedras tacita o cazoletas cerca de Canela (Choapa)
Amanecer en la “piedra del sol”. Volví en mí después de presionar por última vez el disparador, envuelta en las sombras de la noche que acababa de aparecer y hubiera jurado que en el preciso instante en que se cerraba el obturador, una enorme figura negra se atravesó en el horizonte, pero estaba tan concentrada, que no llegué a distinguir de qué tipo de sombra se trataba. Podría confirmarlo más tarde, cuando viera las fotografías en el ordenador. Miré mi reloj. Me sorprendí al comprobar la hora. Durante una hora, sólo el sol había captado mi atención, y al final, oí el batir de unas alas y un extraño rugido fantasmal que se alejaba en la noche, hacia las notas musicales de los pututus ceremoniales que flotaban en el aire majestuosas, no lejos de allí, como una oda al sol. Ahora sólo me quedaba esperar hasta el amanecer para comprobar si ocurría algo más. Me quedé dormida, pero con el primer rayo, reaccioné aunque ya demasiado tarde para preparar el equipo fotográfico. Me levanté y corrí hacia la roca que me habían indicado, presenciando la salida del sol que, como él había supuesto, proyectó un haz de luz filtrado entre las dos cumbres en el horizonte, exactamente en la cruz dibujada entre los diseños antropomorfos y zoomorfos de la roca de los dos picos. Desesperada porque se me escapaba el momento, impotente por no poder inmortalizar este instante ocurrido una vez al año, y por última vez para mí en este bello valle, observé la luz sobre la superficie rocosa entre la oscuridad circundante. Un espectáculo maravilloso, que se extinguía segundo a segundo. La alarma de mi móvil sonó rompiendo el hechizo. ¡El móvil! Sin perder tiempo, tomé una fotografía con el teléfono, una panorámica del entorno en penumbras y la roca en medio iluminada por el primer rayo de sol justo encima de la cruz grabada. Dos segundos más tarde todo el paisaje quedó envuelto en la luz de la mañana. Llamé a la roca “piedra del sol”.
Gran panel rupestre en el área de Huentelauquén (Choapa)
Antiguos astrólogos. La vida en las antiguas culturas prehispánicas giraba en torno a un pensamiento mítico, y no científico como la nuestra. Usaban este tipo de alineación de monumentos y arte rupestre con los astros, para regir sus actividades tanto económicas como religiosas, que eran cíclicas. El tiempo para ellos, no era percibido linealmente, sino cíclicamente, los antiguos chamanes y sacerdotes concebían los acontecimientos no como nosotros, a través de los cambios, sino a través de lo repetitivo. De ahí, la importancia de controlar la recurrencia de los fenómenos astronómicos, fácilmente observables y predecibles, que marcaban, como si de un calendario se tratara, sus ritmos y ceremonias. Sin embargo no puede decirse que fueran exactamente astrónomos, ya que el interés por el conocimiento de estos fenómenos no era científico, sino astrológico, cuya importancia radicaba en responder a preguntas sobre el significado y la repercusión de los astros y sus movimientos, en la vida de la comunidad.
Petroglifo mascariforme de Mincha (Choapa)
Recordando el Choapa. Llegó la hora de regresar y al pensarlo cerré los ojos. El suave batir de unas alas grandes, y un extraño rugido felino, se presentaron fugaces en la intimidad de mis pensamientos como por arte de magia. Allí conocí personajes de fábula imposibles de olvidar. El arqueoastrónomo, que con sus muy probables pero poco acreditadas teorías sobre la relación entre los grabados rupestres y el entorno terrestre y celeste, se había granjeado cierto resquemor entre la comunidad científica chilena que, como siempre, se debate entre lo imaginativo de los discursos heterodoxos,  y la auténtica lógica aplastante de algunos de ellos. Cómo olvidar a su gran amigo el etnomusicólogo, recreador de las músicas y ritos ancestrales. El chamán que había dirigido la ceremonia nocturna, haciendo de mediador entre el mundo natural y el sobrenatural, en torno a los petroglifos, amante de las músicas y los instrumentos sagrados del pasado, con los que interpretó para nosotros bellas melodías transportadoras de conciencias. El lugar, qué decir del lugar, inigualable muestra del crisol de culturas asentadas a lo largo de la historia en el territorio semiárido chileno. Y sobre el arte rupestre, no me quedó la menor duda: en él, aparecieron ante mis ojos los mismos signos, exactamente los mismos que en tantos otros puntos del planeta que había visitado: círculos, semicírculos, escaleras, espirales, cruces, triángulos, líneas serpenteantes, zigzags… indicando además antiguas manifestaciones de fenómenos astronómicos.
Petroglifo de El Mauro (hoy en día removido por causa de los trabajos de Minera Los Pelambres)
Petroglifo de El Mauro
Mitología andina. Los mitos en las sociedades prehispánicas poseían una gran trascendencia y eran relatos verídicos sobre el origen del mundo y el orden de todas las cosas. Algunos de estos mitos además, tenían relación con el arte rupestre. Las manifestaciones artísticas relatan estos mitos, imitando a la naturaleza en sus formas, sonidos y colores, para propiciar estas fuerzas y encontrar un sentido, un lugar en la sociedad en la que vivían, y en el cosmos. Mito, arte rupestre, naturaleza y cosmos, estaban íntimamente ligados. Se sabe que en los Andes, las aves y los camélidos, que frecuentemente aparecen unidos, superpuestos o cercanos en el arte rupestre, son parte de una cosmogonía pastoril. A las llamas y alpacas, los pastores solían ponerles nombres de aves, y creían que algunas de ellas eran el alma de las llamas, que vivían en ellas, lo cual era propicio para la multiplicación de su ganado. Todavía más, una de las constelaciones  de “nubes oscuras” de la astronomía quechua es, precisamente, Yutu, o Perdiz Celeste, que se encuentra espacial y conceptualmente muy próxima a Yakana, la Llama Celeste que amamanta a su cría. Esta, y muchas otras relaciones, se han ido descubriendo a medida que se ha ido estudiando el tema en toda su importancia, y conociendo más de cerca la cosmovisión de las comunidades indígenas, sus mitos y sus leyendas. Plantas alucinógenas. Ayahuasca, peyote… ¿qué tienen en común estas plantas? Ellas son psicoactivos, alteradoras de conciencia que producen acciones alternativas de la psique; a diferencia de drogas adictivas, son totalmente pasajeros y no adictivos. Los alucinógenos son una línea directa hacia el “más allá”. Inscrita en un viaje personal de autoconocimiento y cuestionamiento de la realidad, su ingesta es un aliado para flexibilizar la mente de preconceptos adquiridos y nociones limitantes sobre el mundo. Es por ello que los chamanes de los pueblos originarias los usaban en sus ritos.
Petroglifos en El Coligüe (Choapa)



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